Estaba pensando escribir algo sobre la noche de San Juan, ese momento en que se abren las puertas que conectan este mundo con el más allá y todo es posible. Entonces llegaron los textos de la revista; a primera vista, el tema era muy distinto: la noche, los haikus de barra, generaciones que se autodestruyen en lo que llaman suicidios crónicos… Pero, pensándolo bien, ¿la noche no es un mundo paralelo? Es un universo artificial, seguro, ficticio, donde cada uno puede jugar a ser lo que desea. Un espacio donde se piden deseos y se frustran esperanzas, esperanzas que se caen a trozos al regresar a casa a las ocho de la mañana y vuelven a reconstruirse al borde del segundo cubata; la noche es un lavabo, es mirarse las ojeras cada mañana y asegurar que nunca más.
Entonces me di cuenta de que para escribir sobre la noche tenía que atravesar el espejo; y allí, al otro lado, había alguien que quería contarme su historia.
Empiezas la noche al borde del lavabo, asquerosamente consciente de ti mismo. Una imagen demasiado nítida al otro lado, a veces te gustaría ser un vampiro para no verte. Sacas la bolsita blanca de la cartera. Ya no importa cuánto dinero debes para conseguirla; estamos a primeros de mes, y ahora no hay que pensar en facturas y recibos. Miras al reloj; la noche acaba de empezar, y éste es tu momento. Cuántas cosas te depara, cuántas sorpresas, cuántas mujeres a las que ahora sí podrás agradar; no como tu conversación torpe, por las mañanas, en el trabajo; harto de que te miren para ver si tiemblas, harto de tener que correr al baño cuando te sangra la nariz. El lavabo está limpio a esta hora, y no hay mucha gente en el bar. Revisas la cartera; un par de cervezas de importación, acodado en la barra, esperando a que llegue alguien antes de pasar a los cubatas.
Vuelves a por la segunda, ahora te sientes mucho más seguro frente al espejo; lo tocas, sientes que podrías atravesarlo y entrar en otro mundo; un mundo donde no amaneciera, de noches eternas, de bailes y mujeres que buscan lo mismo que tú. Un mundo donde se llevaran a la persona que tienes al lado antes de despertar, para no tener que tirarle una zapatilla a la cabeza si no quiere marcharse, donde no tengas que ver esa cara con el rimel corrido, ese cuerpo que unas horas antes parecía tan deseable y ahora te despierta con una baba en la cara. Un lugar donde no tuvieras que coger otro Tranquimazim, buscar un trago en ayunas para volver a conciliar el sueño; donde no hubiera que llenar las tardes, ni bajar al supermercado y decidir con qué comida llenar la nevera para luego, invariablemente, tirarla a la basura a pesar de tus buenos propósitos de comer mejor. Últimamente sólo compras botellas de vino, con las que poder seguir en casa y prepararte para conciliar el sueño, la resistencia justa para bajar la activación pero mantenerte despierto, dar la talla y poder rendir luego, no morder a nadie demasiado fuerte como ha pasado otras veces, no abofetear a quien dice que no antes de ponerla de patitas en la calle, y no era tu problema si se había dejado el bolso dentro, sentada en las escaleras, tocando el timbre cada hora, cada vez que se despertaba, eso te dijo a gritos, no tener que aguantar el numerito delante de todos los vecinos que volvían de misa o de tomar el aperitivo, toma tu maldito bolso, toma también la bolsa de la basura, tirársela a la cara, bájala que yo no pienso salir de casa, y déjame dormir de una puñetera vez.
Puedo dejarlo cuando quiera, repites mientras observas lo fascinante que es el brillo del hielo, cómo se van recortando sus aristas hasta convertirse en cantos redondeados; agitas el vaso y vuelves al lavabo. Y ahora sí, después de la tercera, te gusta lo que ves en el espejo; estiras la mano, posas en él las yemas de los dedos y tu cuerpo se adelgaza para atravesarlo... volverá mañana, cuando despiertes, para buscar otro Tranquimazim y asegurar que nunca más.
Se cumplió la norma de la reunión, largas conversaciones donde salían a relucir frustraciones acerca del paso implacable del tiempo, tristezas por la incomprensión de las personas que nos encontramos durante las semanas envueltas en papel cotidiano, y unas esperanzas agazapadas en pensar que un poco más de diversión ayuda a mitigar el gris generalizado del cuadro mágico que nos vendieron al nacer. En la reunión de aquella revista hecha para satisfacer a una agencia de publicidad que necesitaba contenido para acompañar a los más de cien recuadros publicitarios, ellos revolvían en sus cerebros de escritores para rellenar los espacios en blanco del papel y crear nuevas obras de la nada.
- Pero –se discutía de la portada - …a mí lo que me molesta es la jeringuilla en la.
- ¿Entonces cómo quieres que se sepa que es un vaso de sangre?
- Eso, y no se piensen que es un tinto de Rioja.
- Está bien que sea un vaso, pero… -. Todas las decisiones se tomaban por unanimidad. Algo que alargaba las discusiones pero al mismo tiempo obligaba a profundizar en los argumentos.
Aquellas reuniones eran una mezcla de ingenio al servicio del presente más comercial, que nos asalta en el buzón en muchos de nuestros días. Una alianza con la creatividad más esquiva, algo suficiente en un lugar urbano en el final del siglo XX. También había muchas risas, picante y el sentido relativo de que daba igual todo.
- Quiero esta vez una portada agresiva, acepto que sea también simbólica pero contundente.
Alfonso, el abogado que buscaba una unión de algún tipo entre la literatura y su trabajo, era el que intentaba casi siempre imponer orden de manera contundente, había encontrado en aquella mala revista el espíritu de la literatura que buscó en su juventud.
- Quién es ese, quién es…¡joder! –este era Alvaro, el escritor apasionado por el fútbol, y por supuesto este deporte era prioritario a cualquier tipo de arte – Seguro que han pagado una montaña de millones para fallar un gol a huevo.- Estaba gritando como siempre en el café bar “Ermitage” atento al partido y a la reunión. Si no tenía tele dando el partido se negaba en redondo a asistir a las reuniones.
Nadie hizo caso de Álvaro, suponían en qué tendría ocupada la cabeza y se habían acostumbrado. Además la conversación ya se había desviado hacía los ataques terroristas que estaba sufriendo occidente por parte de los islamistas.
- No descartes echar veneno en las cañerías del agua. Para eso ninguna ciudad está realmente preparada -. Lo había dicho el policía del grupo, un apasionado del género de novela negra y la poesía de cualquier tipo, muy duro en sus expresiones casi siempre -. Te lo digo yo, cualquier loco podría hacerlo.
- Bueno hemos venido a preparar el próximo número que nos ha pedido la agencia, aportamos nuestras queridas obras o salimos a comprarnos una docena de pasamontañas - Espetó a la concurrencia Alfonso en alto.
- Alfonso tiene razón a ver si nos centramos.
- El centro no existe maldito comunista.
- Los pasamontañas, los pasamontañas -. Repitió el poli.
- ¡Queréis callaos! – gritó Luis.
- No hemos hablado del hambre en Níger.
- Otro día, hoy tenemos más prisa
- ¿Y mis problemas de conciencia?
- Eso, pobre Ángel, ahora se va a casa sin lavar su conciencia al menos en una charla rápida y se queda llorando toda la noche.
- Si te estás riendo de mí como el otro día, arreglo esto a tortazos.
- Es inútil, cuesta mucho que os concentréis. La próxima revista ya sabéis, conmigo no…lo que dije.- Había interrumpido Esmeralda, la rubia mona del grupo, que buscaba una aureola a toda costa de poetisa local, pero que cada vez aguantaba menos al grupo.
- No te preocupes, será la rehostia cuando despeguemos, nadie dudará que somos la próxima generación del 27, y encima con una tía buena.
- Se agradece el piropo.
- Os dejamos solos…?
- ¿Y mi problema de conciencia?
- Te voy arreglar el problema, los poetas famosos son rojillos casi siempre, y se preocupan en todo momento por el hambre, axioma. Ya está.
- Te estás riendo de un tema muy serio.
- No, les llevan a la tele para que lo repitan
Genma la otra chica del grupo, tenía una carpeta sobre las rodillas, hacía recuento de los originales hasta el momento entregados, no sabían porque lo hacía porque faltaban por entregar la mayor parte del grupo. Muchos de ellos se conocían de los tiempos prehistóricos de la asociación del barrio de la parroquia regida por jesuitas. Un centro religioso repleto de curas rojos, teólogos de la liberación en potencia, y eruditos padres afables que velaban por el mantenimiento de la buena educación de los muchachos en catequesis. Con algún héroe encarnado en profesor sanguinario con el inglés y el latín en clases particulares los jueves por la tarde. Era una mezcla de burguesía y niñatos con dinero. Orquestado el centro por un director que imponía respeto a los padres. Acompañado por Janos Kador un cura polaco huido en su día del telón de acero cuando los comunistas quisieron eliminarlo por sus blasfemias contra Marx. Columnas herrerianas, madera labrada en los pasamanos, jardines acristalados. Buhardillas visitadas a escondidas en aventuras, los túneles comunicantes que se inundaban al llover sobre un patio del complejo parroquial.
Luis llegó con el tiempo justo al café, la tradición no escrita en las reuniones de la revista de la agencia, dictaba que el último en llegar debía salía con el bote a comprar bolsas de patatas y chucherías al kiosco más cercano, pero ser el que les había encontrado aquel pasatiempo mal pagado y el director nominal del invento le eximía de tal regla de la hermandad. Encontró a todos aposentados en el rincón “cómodo” del café, envueltos en una discusión filistea como siempre, Luis les miró uno a uno mientras esperaba ser servido y les dijo que ya deberían haber empezado las votaciones por la hora.
Por lo demás todos ellos, eran personalidades vulgares dentro del mundo cultural de la ciudad, idealizados en la mente de Luis en aras de las rarezas que conocía de los libros sobre literatos empedernidos. Para la gente que compraba en los grandes hipermercados a las afueras de la ciudad a esa hora, o para los que empezaban a cenar antes de salir, ese grupo lo componían, personas con estudios, que tenían que currar y que conducen modelos de coche armonizados al paisaje.
- Cual es la primera votación –Repitió Luis que había conocido tardes donde no se había decidido nada.
- Trabajamos más que en el parlamento.
- Eso a poco.
- ¡Poned atención que esto es importante!-. Chilló Genma un poco harta.
- A ver, publicamos…
- ¡Gooool!, ¡Gooool! …habéis visto, ya sabía que iba a marcar un gol para repetirlo toda la semana, menudo jugador.
- Lo que dije antes, publicamos estos siete de momento, y guardamos los más largos para el siguiente mes, todos de acuerdo, ¿unanimidad Ángel?
- Yo cambié mi voto para que hubiese algo de oposición interna.
- Y tener la conciencia tranquila, jeje…
- La próxima vez…
- Calma, calma, arreglado, democracia orgánica, solventado el número de este mes.
- Es más o menos lo que tenemos actualmente en el país.
- Si vais a empezar a hablar de “podrítica” me voy -. Dijo Esmeralda.
- Podemos hablar de sexo un rato, eh
- Yo a todas horas, ñaca-ñaca…
- Cómprate una muñeca hinchable.
- La goma no me pone como la carne.
- Entonces confiesas que has probado la muñeca hinchable.- Dijo muy serio Prieto, el amante de lo taurino y novelista frustrado.
- No he dicho tal cosa.
- Bueno todos hemos tenido una muñeca en algún momento de nuestra adolescencia guardada en el armario, hasta nuestros queridos padres aunque no lo confiesen…
- ¡Pero qué dices degenerado miserable!
- No conviene forzar la adjetivación, o esto empieza como el otro día -. Medió Luis.
- Todos tenemos una novia o una madre, y sabemos lo que hacen ¿no?, pues habrás encontrado una muñeca hinchable en tu casa como lo hice yo por casualidad.
- A mi madre no la compares con ese tipo de comportamientos degenerados.
- ¡Queréis callaos, no hay orden posible, no hay manera!
- ¡Eso es penalti!, eso es penalti por mis huevos- se volvió a la reunión apuntando con la mano al televisor como si no hubiera oído nada de lo que se decía.
El policía fumaba cerca de una ventana abierta, se lo permitía el dueño del bar porque le había sacado de vez en cuando algún inmigrante problemático del bar con discreción. Cuando acabó el cigarrillo apuntó la colilla hacía el trasero de una yogurina que pasaba deprisa por la acera muy arreglada en busca de su novio. Falló por medio metro, y se incrustó en el trasero de un anciano que soltó una maldición seguida de un traspié que apunto estuvo de dar con sus huesos en el suelo. “Están todos locos” dijo en voz baja cerrando la ventana para que el abuelo con el pantalón quemado no le viera.
Genma era profesora en la universidad desde hacía más de veinte años. En tiempo lluvioso aparecía enfundada en una de sus gabardinas color crema o blanco, y con sus vestidos claros en los meses más benignos daba el toque de formalidad a las reuniones. Felizmente casada, necesitaba aquellas charlas para huir de su vida académica vacía de cualquier polémica, con una figura delgada para sus cincuenta años, pelo castaño claro, pómulo salientes suavizados por una tez cuidada brillante y tersa. Experta en crítica literaria y literatura comparada, estaba siempre sedienta por llevarse los originales que se escribían, había conocido hace cinco años a Luis en la presentación de un libro de poemas, y se había divertido en vez de aburrirse como siempre. Desde entonces, - a pesar de haber pensado que no había manera de entender al grupo – no había faltado a ninguna reunión. Aunque se decía que eso no era exactamente la literatura que enseñaba y mucho menos los literatos que veía en los congresos, había algo en aquellas conversaciones que la enganchaba, como ahora que se había vuelto a ir por los planteamientos políticos.
- Yo a los rojos como tú –estaba diciendo el policía- antes, les metíamos una barra de hierro en el culo para ver un poco más la luz, jeje
- Ya cayó el muro, queréis dejarlo.
- Pero falta la caída del imperio –dijo el que se decía anarquista de todos- un pasamontañas de buen género para que no te raspe la cara, un lanzallamas a la espalda y a freír impresentables en el estreno de una película romántica americana -. Era el más alto de todos y se llamaba Prieto, con unas espaldas rectangulares desde las piernas, encima una inmensa cabeza con el pelo también en forma cuadrada. Soñaba con asesinar a G.W.Bush, al hijo y al padre o a cualquiera de la familia tejana.
- En esos sitios es mejor el gas sarim – le recomendó el policía. En ese momento todos le miraron callados, pensando a que dedicaría su tiempo libre el agente de la ley. Él siguió explicando -. Es muy fácil todos están mirando la pantalla, tú entras con el gas en una bombona, te pones una máscara de gas en cuanto te sientas, si se asusto el que tienes a tu lado le das una puñalada, abres el gas y a escojonarte.
..................SIN TERMINAR...........Sin ningún parecido con grupo de locos conocido.
¡A los bares! Fuente de inspiración, y expiración, hasta
para muchos, de conspiración.
Con la cervecita al hombro, quién
no es poeta por estos lares, quién no desplega un par de ripios para
conquistar a los traseuntes.
-¡Camarera!, ¡Otro trago!¡qué tengo un par de Haikus para
piropearla con esmero!¡qué hoy malverso mi filosofía baratera!
1.
Tenían alma, luego bullían.
2.
Con la tiza escribió
el número uno y pensó:
el tahúr,
el zurdo y
el mago.
3.
Del futbolín,
el filósofo
con la cerveza.
4.
No vuela quien no
despega:
Con alas de palo
marinero de cartón piedra.
5.
En el bosque, la comadreja
roe la hura.
quiza cada cual
tengamos
mil y una vidas
siendo tan sólo
una la vida
que los más
excépticos
llamen
vida real
vida consciente
y las otras mil
sean las
vidas imaginadas
que también
son vidas vividas
quisiera ser capaz
de imaginar
millones de esas
vidas
y completar
mi vida "consciente"
con infinidad
de vidas inconscientes
y así llegar
a confundir
realidad
con imaginación
y así llegar
a soñar
mil mundos
de fantasía
mil mundos
de justicia
mil mundos
de placer
si te encuentro
en una vida imaginada
te ruego que
no me pellizques
no sea que rompas
el hechizo
no sea
que se acabe la magia
no sea que
la razón
pueda a la sinrazón
no sea que
la razón
mitigue la imaginación
tan sólo
susurrame
al oido
hazte notar
para que sepa
que no estoy sólo
que tú eres
tan de verdad
como cada una
de las mil
y una vidas
que imagino
Todos nos morimos
y todos nacemos
a veces en silencio,
apenas duramos un castañeteo de dientes
otras veces parece que fueron casi 100 años tensos
pero de veras les digo,
que cambiaría mi olvido
por un minuto más de sus besos
como las eternidades callejeras
del amor,
lo cambiaría todo por columpiarme en sus ojos,
tal como lo hice este fin de semana
antes de dormirme
y despertar, después,
y luego,
ya resurrecto.
Puedo llenar folios enteros de palabras,
pero seguiré guardando tantas cosas…
Quisiera escribir un poema que fuera
como esta canción que escucho:
un poema capaz de suspenderme en el aire
como esta melodía.
Quisiera decirle a alguien
que me enamoré cuando caminó hacia atrás
para representar el viento.
A los que no tienen la confianza suficiente para preguntarme,
quisiera decirles tantas cosas…
Sobre todo, a quienes siempre están,
que no falten nunca.
Ser capaz de anudarme en algo pequeño,
para entregarme a los que quieren escuchar.
Recorrer el camino hacia atrás
para agradecer a quien, sin saberlo, cerró alguna herida.
A quien supo ver que algo brillaba en el fondo
y se agachó para entregármelo;
a quien metió los pies calzado en el río
para ponerme a secar en la orilla.
Quisiera, sobre todo, creer en el firme propósito
de no callar nunca a partir de ahora;
pero pondré tres puntos al final de estos versos,
y seguiré guardando tanto…
Somos átomos errantes, fotones nacidos en núcleos de estrellas que ya no existen. Somos materia que huye. Moléculas que se transforman. Energía que nunca muere como las malas hierbas de nuestros abuelos. Cadenas de ácidos grasos, genes en fuga, máquinas de vivir. ¿Quién lo sabe?
Tal vez no sea cierto, pero me gusta creerlo. Es razonable, aséptico y ciertamente hermoso. Si non e vero e ben trovatto.
Pero algo se descoloca. Ante mis ojos, algo menos de tres kilos de materia orgánica que me recuerdan que hay algo más, que no solo tenemos más acá. Que el inefable existe. Que lo inasible puede sentirse. Aprehenderse.
Mi particular cosmos se expande ante mis ojos y no es una metáfora compleja. No es floritura literaria. No es un tropo desafortunado. Es tan real como mis dedos sobre el teclado. Se mueve, es de carne y sangre y vive pese a todo. Vive por nuestro deseo de que lo haga y vive pese al mismo.
Limpia, nueva de todo lo que pasó antes de su llegada. Esperanza transmutada en llanto. Nueva oportunidad de hacerlo mejor. O de hacerlo un poco menos mal. O de hacerlo distinto. O igual porque nos gustó hacerlo. Sentir lo mismo más veces, porque es verdad que, en ocasiones, estaría bien no tener que saber lo que va después o saberlo anticipadamente. Y tú, hija mía, tienes esa oportunidad. Tienes todas las oportunidades. Y me las das al tiempo. Masa de pan que se expande y crece y se amasa en los brazos de su madre que ya solo es sonrisa sin linde. Y me desborda un tanto pero es una agradable sensación, cálida y húmeda, que nunca había sentido. Que inunda mis sentidos y calienta mis huesos y espero sinceramente que la sintáis alguna vez.
Sí, espero veros aquí.
A ti también, Cristina. Con los años.
Mi querida mamá,
Desde la pasada nochebuena en que te fuiste no he dejado de pensar en ti aunque siempre lo hiciese como algo lejano, ajeno, frío y distante, como algo pretérito. La muerte es algo misterioso. Supongo que nos empeñamos en recubrirla con nuestros miedos y fantasmas, supongo que no nos atrevemos a mirarla a la cara por miedo a ver nuestros propios rostros reflejados en el suyo. Nos empeñamos en disfrazarla, en vestirla de una pordiosera marginada con la que nadie quiere tener nada que ver, a la que todos rehuyen.
Anoche tuve un sueño y por eso te escribo. He pensado mucho en él y he intentado descifrar sus claves. Han pasado ya unos cuantos meses desde tu muerte y ahora, por primera vez, tengo la certeza de que tú sigues estando aquí a mi lado. Una y otra vez me han hablado del cielo diciéndome que es un sitio maravilloso situado entre el sol y las estrellas donde se respira la paz verdadera y donde te encuentran los espíritus de todas las personas que uno ha querido en la tierra. Me han dicho que tú estabas allí, y que estabas bien. Supongo que para que dejase de llorar.
Estabas hermosa, tal y como te recuerdo cuando aún no vivíamos en el centro y yo aún era muy pequeña. Tenías el cabello largo, muy largo y cuando venías a recogerme al colegio siempre te observaba y miraba a las otras niñas con orgullo como diciendo “mirad, esa es mi mamá y yo cuando sea mayor tendré una melena como la suya”. Todas nosotras queríamos ser como tú. Estabas en la misma habitación del hospital donde ellos te robaron la vida. La puerta estaba cerrada y, aunque yo estaba en el pasillo, era capaz de verte a través de las paredes.
Quise acercarme a ti y atravesé la pared. Noté como ella me traspasaba y por unos segundos me recreé en esa nueva sensación. Fue como si una sustancia arenosa me cruzara por dentro. En la habitación había una señora mayor en la cama de al lado a la tuya. La miré a los ojos, y supe que, a pesar de tener muchas deudas pendientes, aquella misma tarde partiría. Es importante no dejarse deudas pendientes porque casi nunca la muerte concede prórrogas. Estaba como absorta, como negociando el momento preciso con la dama de las tinieblas. En una de las paredes colgaba un espejo al que me acerqué. Me miré y no vi nada. Con frecuencia me había sucedido que al mirarme a los espejos veía a personas que no conocía, pero aquella fue la primera vez que no vi a nadie.
Dos señores estaban a cada lado de tu cama y, cada cual con unas tijeras enormes en las manos, se disponían a cortarte la melena y a robarte la vida. Yo quise impedirlo y corrí hacia ti, pero en cada paso que daba me alejaba más. Algo me sujetaba de la cintura hacia atrás con fuerza. Era como una enorme goma invisible que el destino estaba manejando en mi contra con sus burlonas manos. Durante un buen rato intenté aferrarme a tu cama para ganarle la pugna al destino pero cuando pensaba que ya te tenía al alcance, tu cama comenzaba a estirarse. Con gran esfuerzo yo me sujetaba, como si de ello dependiese tu vida, a la estructura metálica de tu cama, pero esta se estiraba más y más alejándote de mí. Te veía alejarte sentada en el cabecero de aquella cama infinita. Giré la cabeza para ver al que se había aferrado a mi cintura, que sería sin duda el compinche de aquellos dos señores que te querían robar el alma, para intentar negociar con él y cambiar mi alma por la tuya. La mía siempre fue poca cosa. Insignificante comparada con la tuya, mamá. Pero tenía que intentar algo. Sería un truque desesperado, la mayor jugada que nunca había hecho, un órdago a la muerte.
Al girarme sentí que una corriente de aire helado me atravesaba por dentro y subía por mi garganta congelando mis cuerdas vocales. Todo el castillo de naipes se derrumbó cuando pude ver que allí no había nadie. Nadie con el que negociar. Quise gritar de rabia pero mis cuerdas vocales se habían congelado. Tú cama se estiraba más y más y apenas lograba ya verte. A duras penas pude ver cómo aquellos dos señores comenzaban a cortar mechones de tu pelo.
Noté dos lágrimas saladas que habían traspasado mis pupilas y recorrido mi cara hasta la boca. Sin reparar en que ya nos separaba un infinito y en que mis cuerdas vocales se habían congelado grité de nuevo. Esta vez grité tu nombre. Fue la única vez en mi vida que no te llamé mamá. Te dije Ana.
No salió ningún sonido de mi boca. Pero tú me oíste. Lo se porque pude ver tu sonrisa aparecer en tu rostro a lo lejos, en aquella cama infinita. Luego pusiste cada una de tus manos en la cabeza de los dos señores que te estaban robando el alma y viniste volando hacia mi. Eras ligera y hermosa. Y tenías la misma sonrisa que llevabas cada vez que me recogías del colegio. Una sonrisa perfecta y sincera. Cuando uno se fija un poco no es complicado saber si la sonrisa proviene del alma o es fingida.
Aquello que se había aferrado a mi cintura y que me alejaba de ti había desaparecido por completo y una quietud se había apoderado del lugar. Me sentí como el protagonista de la película que al ser visionada por una pareja cualquiera es pausada durante unos instantes para salir de debajo de la manta e ir a calentar un poco de café con leche.
Llegaste hasta donde yo estaba y me cogiste de la mano como cada uno de aquellos días en que ibas a recogerme al colegio. Tiraste de mí con fuerza y pude ver que yo también era capaz de volar. Volé a tu lado sin importarme hacia donde.
Introducción al mantra que abre horizontes y llena los ojos de corrientes marinas:
Rebullo a veces en los recuerdos y veo viejas fotografías color sepia de las tierras extrañas en las que imaginaba aquellos cuentos que leía de niño. Lugares desde los que me hablaban voces sorprendentes que persisten con tonos que inventa mi memoria.
Había lianas creo (disculpad, pero invento al recordar), monos aulladores, playas blancas de arena de coral, manglares, humedales mefíticos, tatuajes de henna, aborígenes de papúa, sillas de montar con herrajes en plata y noches coloniales de luna llena.
Expandiendo la mente, los sentidos que todo lo experimentaban ilusoriamente, imaginando colores y olores. Que diferente, que igual de las geografías locales que en estos días nos constriñen y nos identifican como orgullosos paletos de casino.
¿Recordáis que sonidos había en aquellas palabras que resonaban en el aire, aromas de cacao, de tierra húmeda, del estiércol de las aves de colores, de las flores raras entre las que bailábamos hace veinte años?
Hagámoslo otra vez con la eufonía de estos bellos nombres, bellos sustantivos, hermosos animales.
Mantra que abre horizontes y llena los ojos de corrientes marinas:
Pronuncien en silencio, en voz queda y dejen salir el recuerdo lentamente expirando las palabras: Vendrán aromas nuevos con las corrientes del Caribe, de la Florida, de las Antillas, de las Bahamas, de la Guinea, del Golfo de Méjico, del Atlántico Norte, de las Azores. Vendrán con la subtropical del Mar del Norte, con la del Alisio, con la Atlántica de Noruega, con la de Spitzbergen, con la de Nueva Zembla, con la de Litke, la de Irminger, con la occidental de Groenlandia, la del Labrador, del Sur, la del Brasil, del Cabo de Hornos, de Benguela, con la de Kuro Shio, la de Oya de Shio, la de las islas Kuriles, la de las Aleutianas, la de Kanchatka, la de Alaska, la de la California, la de Australia, la del Perú, la de la costa oriental de África, la de Mozambique, del Mar Indico, de las Agujas, la del Antártico.
Respiren hondo y abran los ojos. El mundo se ha expandido un poco. Disfrutemos un momento antes de calarnos de nuevo la boina (que tan elegantemente llevaba mi abuelo Arturo sobre su bigote cano) y regresar al terruño. Y si ha de dar algún fruto, que lo multiplique el viento...
Imagino un espacio en el que no me encuentres, una habitación cerrada donde poder resguardarme de la amenaza que supone para mi sentirte a todas horas, notarte a mi lado como una sombra, tan cerca de mí que tu presencia imprecisa pero constante me invade, me atrapa, me paraliza como un miedo que crece en los abismos negros de cada noche. No sé bien cómo puedo huir de ti, cómo es posible evadirse de la constante aparición tuya.
De los demás soy libre. Puedo alejarme del resto si así lo quiero; no responder al teléfono, no salir a la calle, no relacionarme con nadie. Pero de mí misma no sé cómo escapar.
Cierro los ojos con la inocencia de los niños, creyendo –como ellos- en la mágica ilusión de que lo que no puede verse es que no está. Y es así, con la querencia de lograrlo, que me oculto bajo las sábanas esperando escuchar una voz que me niegue tu ser –el mío-, que me susurre "no está".
Esta noche, en la vigilia del sueño de nuevo lo intenté, pero sólo acudió hasta mí, como siempre, la certeza del pensamiento tuyo –mío-, gritándome en silencio "volviste, te encontré, ya estás aquí…".
No te culpo por ello, y no me culpo. Siempre quise evitarme el gobierno de los otros. Me esforcé por no escuchar los dictámenes, las modas, los convencionalismos, las normas y acomodos de los demás. Luché por no caer en sus costumbres, en su razón como vehículo de transporte, como móvil de juicio de bondad o maldad, como escala de valores correctos y acertados.
Ahora que lo he logrado, ahora que me gobierno a mi misma, ahora que al fin puedo ser yo, estoy más presa que nunca, más esclava de mí que de cualquier otro, más sometida que cuanto imaginé.
"Entramos en un vestíbulo de alto techo, precedido de una glorieta de un color rosa vivo, a la que un balcón a cada extremo comunicaba la casa. Los balcones, entornados, aparecían relucientemente blancos, y recortaban el césped del exterior, que parecía crecer un poco dentro de la casa. Sopló la brisa en la habitación, y, en un rincón las cortinas volaron hacia afuera y hacia adentro, enroscándose en dirección al escarchado pastel de bodas del techo; por fin, se rizaron encima de la alfombra color de vino, haciendo sombras como el viento en el mar.
El único objeto completamente estacionario, era una enorme diván en el que dos jóvenes se hallaban sujetas como globos cautivos. Ambas vestían de blanco, y sus trajes se agitaban y revoloteaban como si, tras un corto vuelo alrededor de la casa, hubieran entrado de repente. Permanecí unos segundos escuchando el chasquido y golpeo de las cortinas, y el crujido de un cuadro en la pared. Se oyó un estruendo; Tom cerraba los balcones traseros, y el viento, cautivo, se extinguió en el cuarto. Las cortinas, las alfombras y las dos muchachas parecieron descender lentamente al suelo."
Con estos premonitorios versos se nos despacha el obsceno Allen Ginsberg en su irrefutable poemario, "AULLIDO".
Para quien no le conozca aún, otro poeta loco-maldito, carne de cañón de los medios atiborrados, borracho, drogadicto y transgresor de una sociedad americana de mitad de siglo XX, dicotomizada entre buenos y malos, un canto pervertido y desgraciado a los perdedores, a los diferentes, a los castigados.
Sepan que lo recupero con una maldad horrible y sepan que hay muchas razones precisamente en estos momentos. Últimamente se nos impone un afán por moderar tontamente nuestras palabras, como si pudieramos con nuestras ideas alocadas y desabridas arañar a los dioses.
Pero como dicen por ahí, los dioses deben estar aún más locos si cabe, quizás porque muchos profetas hablan a sus oídos y les dictan las palabras que luego nos obligan a aprender, punto por punto. Palabras taimadas.
Espero que Allen, esté donde esté, no se dedique a este burdo menester.
(tiempo estimado de lectura de la primera parte del poemario: 10 minutos. Traducción de Rodrigo Olavarría)
Para Carl Salomón
Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas,
arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo,
hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial con el estrellado dínamo de la maquinaria nocturna,
que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz,
que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo el El y vieron ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos iluminados,
que pasaron por las universidades con radiantes ojos imperturbables alucinando Arkansas y tragedia en la luz de Blake entre los maestros de la guerra,
que fueron expulsados de las academias por locos y por publicar odas obscenas en las ventanas de la calavera,
que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror a través del muro,
que fueron arrestados por sus barbas púbicas regresando por Laredo con un cinturón de marihuana hacia Nueva York,
que comieron fuego en hoteles de pintura o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o sometieron sus torsos a un purgatorio noche tras noche,
con sueños, con drogas, con pesadillas que despiertan, alcohol y verga y bailes sin fin,
incomparables callejones de temblorosa nube y relámpago en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todo el inmóvil mundo del intertiempo,
realidades de salones de Peyote, amaneceres de cementerio de árbol verde en el patio trasero, borrachera de vino sobre los tejados, barrios de escaparate de paseos drogados luz de tráfico de neón parpadeante, vibraciones de sol, luna y árbol en los rugientes atardeceres invernales de Brooklyn, desvaríos de cenicero y bondadosa luz reina de la mente,
que se encadenaron a los subterráneos para el interminable viaje desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de ruedas y niños los hizo caer temblando con la boca desvencijada y golpeados yermos de cerebro completamente drenados de brillo bajo la lúgubre luz del Zoológico,
que se hundieron toda la noche en la submarina luz de Bickford salían flotando y se sentaban a lo largo de tardes de cerveza desvanecida en el desolado Fugazzi’s, escuchando el crujir del Apocalipsis en el jukebox de hidrógeno,
que hablaron sin parar por setenta horas del parque al departamento al bar a Bellevue al museo al puente de Brooklyn,
un batallón perdido de conversadores platónicos saltando desde las barandas de salidas de incendio desde ventanas desde el Empire State desde la luna,
parloteando gritando vomitando susurrando hechos y memorias y anécdotas y excitaciones del globo ocular y shocks de hospitales y cárceles y guerras,
intelectos enteros expulsados en recuerdo de todo por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la sinagoga arrojada en el pavimento,
que se desvanecieron en la nada Zen Nueva Jersey dejando un rastro de ambiguas postales del Atlantic City Hall,
sufriendo sudores orientales y crujidos de huesos tangerinos y migrañas de la china con síndrome de abstinencia en un pobremente amoblado cuarto de Newark,
que vagaron por ahí y por ahí a medianoche en los patios de ferrocarriles preguntándose dónde ir, y se iban, sin dejar corazones rotos,
que encendieron cigarrillos en furgones furgones furgones haciendo ruido a través de la nieve hacia granjas solitarias en la abuela noche,
que estudiaron a Plotino Poe San Juan de la Cruz telepatía bop kabbalah porque el cosmos instintivamente vibraba a sus pies en Kansas,
que vagaron solos por las calles de Idaho buscando ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios,
que pensaron que tan sólo estaban locos cuando Baltimore refulgió en un éxtasis sobrenatural,
que subieron en limosinas con el chino de Oklahoma impulsados por la lluvia de pueblo luz de calle en la medianoche invernal,
que vagaron hambrientos y solitarios en Houston en busca de jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante Español para conversar sobre América y la Eternidad, una tarea inútil y así se embarcaron hacia África,
que desaparecieron en los volcanes de México dejando atrás nada sino la sombra de jeans y la lava y la ceniza de la poesía esparcida en la chimenea Chicago,
que reaparecieron en la costa oeste investigando al F.B.I. con barba y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas sensuales en su oscura piel repartiendo incomprensibles panfletos,
que se quemaron los brazos con cigarrillos protestando por la neblina narcótica del tabaco del Capitalismo,
que distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desnudándose mientras las sirenas de Los Álamos aullaban por ellos y aullaban por la calle Wall, y el ferry de Staten Island también aullaba,
que se derrumbaron llorando en gimnasios blancos desnudos y temblando ante la maquinaria de otros esqueletos,
que mordieron detectives en el cuello y chillaron con deleite en autos de policías por no cometer más crimen que su propia salvaje pederastia e intoxicación,
que aullaron de rodillas en el subterráneo y eran arrastrados por los tejados blandiendo genitales y manuscritos,
que se dejaron follar por el culo por santos motociclistas, y gritaban de gozo,
que mamaron y fueron mamados por esos serafines humanos, los marinos, caricias de amor Atlántico y Caribeño,
que follaron en la mañana en las tardes en rosales y en el pasto de parques públicos y cementerios repartiendo su semen libremente a quien quisiera venir,
que hiparon interminablemente tratando de reír pero terminaron con un llanto tras la partición de un baño turco cuando el blanco y desnudo ángel vino para atravesarlos con una espada,
que perdieron sus efebos por las tres viejas arpías del destino la arpía tuerta del dólar heterosexual la arpía tuerta que guiña el ojo fuera del vientre y la arpía tuerta que no hace más que sentarse en su culo y cortar las hebras intelectuales doradas del telar del artesano,
que copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza un amorcito un paquete de cigarrillos una vela y se cayeron de la cama, y continuaron por el suelo y por el pasillo y terminaron desmayándose en el muro con una visión del coño supremo y eyacularon eludiendo el último hálito de conciencia,
que endulzaron los coños de un millón de muchachas estremeciéndose en el crepúsculo, y tenían los ojos rojos en las mañanas pero estaban preparados para endulzar el coño del amanecer, resplandecientes nalgas bajo graneros y desnudos en el lago,
que salieron de putas por Colorado en miríadas de autos robados por una noche, N.C. héroe secreto de estos poemas, follador y Adonis de Denver -regocijémonos con el recuerdo de sus innumerables jodiendas de muchachas en solares vacíos y patios traseros de restaurantes, en desvencijados asientos de cines, en cimas de montañas, en cuevas o con demacradas camareras en familiares solitarios levantamientos de enaguas y especialmente secretos solipsismos en baños de gasolineras y también en callejones de la ciudad natal,
que se desvanecieron en vastas y sórdidas películas, eran cambiados en sueños, despertaban en un súbito Manhattan y se levantaron en sótanos con resacas de despiadado Tokai y horrores de sueños de hierro de la tercera avenida y se tambalearon hacia las oficinas de desempleo,
que caminaron toda la noche con los zapatos llenos de sangre sobre los bancos de nieve en los muelles esperando que una puerta se abriera en el East River hacia una habitación llena de vapor caliente y opio,
que crearon grandes dramas suicidas en los farellones de los departamentos del Hudson bajo el foco azul de la luna durante la guerra y sus cabezas serán coronadas de laurel y olvido,
que comieron estofado de cordero de la imaginación o digirieron el cangrejo en el lodoso fondo de los ríos de Bowery,
que lloraron ante el romance de las calles con sus carritos llenos de cebollas y mala música,
que se sentaron sobre cajas respirando en la oscuridad bajo el puente y se levantaron para construir clavicordios en sus áticos,
que tosieron en el sexto piso de Harlem coronados de fuego bajo el cielo tubercular rodeados por cajas naranjas de Teología,
que escribieron frenéticos toda la noche balanceándose y rodando sobre sublimes encantamientos que en el amarillo amanecer eran estrofas incoherentes,
que cocinaron animales podridos pulmón corazón pié cola borsht & tortillas soñando con el puro reino vegetal,
que se arrojaron bajo camiones de carne en busca de un huevo,
que tiraron sus relojes desde el techo para emitir su voto por una eternidad fuera del tiempo, & cayeron despertadores en sus cabezas cada día por toda la década siguiente,
que cortaron sus muñecas tres veces sucesivamente sin éxito, desistieron y fueron forzados a abrir tiendas de antigüedades donde pensaron que estaban envejeciendo y lloraron,
que fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue entre explosiones de versos plúmbeos & el enlatado martilleo de los férreos regimientos de la moda & los gritos de nitroglicerina de maricas de la publicidad & el gas mostaza de inteligentes editores siniestros, o fueron atropellados por los taxis ebrios de la realidad absoluta,
que saltaron del puente de Brooklyn esto realmente ocurrió y se alejaron desconocidos y olvidados dentro de la fantasmal niebla de los callejones de sopa y carros de bomba del barrio Chino, ni siquiera una cerveza gratis,
que cantaron desesperados desde sus ventanas, se cayeron por la ventana del metro, saltaron en el sucio Passaic, se abalanzaron sobre negros, lloraron por toda la calle, bailaron descalzos sobre vasos de vino rotos y discos de fonógrafo destrozados de nostálgico Europeo jazz Alemán de los años 30 se acabaron el whisky y vomitaron gimiendo en el baño sangriento, con lamentos en sus oídos y la explosión de colosales silbatos de vapor,
que se lanzaron por las autopistas del pasado viajando hacia la cárcel del gólgota -solitario mirar- autos preparados de cada uno de ellos o Encarnación de Jazz de Birmingham,
que condujeron campo traviesa por 72 horas para averiguar si yo había tenido una visión o tú habías tenido una visión o él había tenido una visión para conocer la eternidad,
que viajaron a Denver, murieron en Denver, que volvían a Denver; que velaron por Denver y meditaron y andaban solos en Denver y finalmente se fueron lejos para averiguar el tiempo, y ahora Denver extraña a sus héroes,
que cayeron de rodillas en desesperanzadas catedrales rezando por la salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que al alma se le iluminó el cabello por un segundo,
que chocaron a través de su mente en la cárcel esperando por imposibles criminales de cabeza dorada y el encanto de la realidad en sus corazones que cantaba dulces blues a Alcatraz,
que se retiraron a México a cultivar un hábito o a Rocky Mount hacia el tierno Buda o a Tánger en busca de muchachos o a la Southern Pacific hacia la negra locomotora o de Harvard a Narciso a Woodland hacia la guirnalda de margaritas o a la tumba,
que exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron abandonados con su locura y sus manos y un jurado indeciso,
que tiraron ensalada de papas a los lectores de la CCNY sobre dadaísmo y subsiguientemente se presentan en los escalones de granito del manicomio con las cabezas afeitadas y un arlequinesco discurso de suicidio, exigiendo una lobotomía al instante,
y recibieron a cambio el concreto vacío de la insulina Metrazol electricidad hidroterapia psicoterapia terapia ocupacional ping pong y amnesia,
que en una protesta sin humor volcaron sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia,
volviendo años después realmente calvos excepto por una peluca de sangre, y de lágrimas y dedos, a la visible condenación del loco de los barrios de las locas ciudades del Este,
los fétidos salones del Pilgrim State Rockland y Greystones, discutiendo con los ecos del alma, balanceándose y rodando en la banca de la soledad de medianoche reinos dolmen del amor, sueño de la vida una pesadilla, cuerpos convertidos en piedra tan pesada como la luna,
con la madre finalmente ****** [i] , y el último fantástico libro arrojado por la ventana de la habitación, y a la última puerta cerrada a las 4 AM y el último teléfono golpeado contra el muro en protesta y el último cuarto amoblado vaciado hasta la última pieza de mueblería mental, un papel amarillo se irguió torcido en un colgador de alambre en el closet, e incluso eso imaginario, nada sino un esperanzado poco de alucinación-
ah, Carl, mientras no estés a salvo yo no voy a estar a salvo, y ahora estás realmente en la total sopa animal del tiempo-
y que por lo tanto corrió a través de las heladas calles obsesionado con una súbita inspiración sobre la alquimia del uso de la elipse el catálogo del medidor y el plano vibratorio,
que soñaron e hicieron aberturas encarnadas en el tiempo y el espacio a través de imágenes yuxtapuestas y atraparon al Arcángel del alma entre 2 imágenes visuales y unieron los verbos elementales y pusieron el nombre y una pieza de conciencia saltando juntos con una sensación de Pater Omnipotens Aeterna Deus
para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y pararse frente a ti mudos e inteligentes y temblorosos de vergüenza, rechazados y no obstante confesando el alma para conformarse al ritmo del pensamiento en su desnuda cabeza sin fin,
el vagabundo demente y el ángel beat en el tiempo, desconocido, y no obstante escribiendo aquí lo que podría quedar por decir en el tiempo después de la muerte,
y se alzaron reencarnando en las fantasmales ropas del jazz en la sombra de cuerno dorado de la banda y soplaron el sufrimiento de la mente desnuda de América por el amor en un llanto de saxofón eli eli lamma lamma sabacthani que estremeció las ciudades hasta la última radio
con el absoluto corazón del poema sanguinariamente arrancado de sus cuerpos bueno para alimentarse mil años.